La secta de los asesinos sembró el terror en la época de las cruzadas. Su poder se sustentaba en una red de asesinos entrenados y dispuestos a morir con la promesa de acceder al «paraíso». Su final es una trágica historia.
En abril de 1192, Conrado de Monferrato, uno de los líderes de la tercera cruzada y exitoso defensor de la portuaria ciudad de Tiro frente a las tropas de Saladino, fue elegido rey de Jerusalén. Caminando una noche por las callejuelas de la ciudad, fue interceptado por dos hombres, aparentemente vestidos como monjes, quienes sacaron unas dagas y le apuñalaron repetidamente hasta matarlo. Uno de los “monjes” fue abatido; el otro, capturado y luego ejecutado.
En realidad, no se trataba de monjes, sino de fidais, o “sacrificados”, los agentes más devotos y entrenados de la Secta de los Asesinos, que sembró el terror entre cruzados y musulmanes entre los siglos XI y XIII, y que fue responsable del asesinato, entre otros muchos, del visir selyúcida Nizam al Mulk, y de nada menos que un califa fatimí egipcio, Al-Mustarshid, más otras decenas (si no centenas) de víctimas relevantes, aparte de intentos fallidos de asesinatos del gran Saladino o del Jan de los mongoles.
¿Quiénes eran los asesinos? En su libro Il Milione, también llamado Libro de las Maravillas y en el que relata sus viajes, Marco Polo expone que esta secta estaba dominada por un líder, el “viejo de la montaña”, que la gobernaba desde su castillo de Alamut, al norte de Persia, actual Irán. En la fortaleza se extendía un jardín suntuoso, lleno de manjares, música, perfumes y bellísimas mujeres. Según Polo, los asesinos utilizaban el hachís para drogar a sus jóvenes seguidores. Una vez bajo los efectos de la droga, se les mostraba el jardín de Alamut, anunciándoles que se trataba del paraíso. A continuación, se les alejaba de allí y se les inducía a pensar que, si morían por la secta, conseguirían alcanzar dicho vergel. De esa creencia surgen los fidais y su disposición para realizar los ataques suicidas que tanto impactaron a los dirigentes de la época de las cruzadas.
Del relato de Marco Polo se asoció el nombre “hachís” al de hashsashin, y de este término proviene el nuestro de “asesino”, que se reproduce también así en otros idiomas indoeuropeos.
En realidad, historiadores expertos en la secta dudan mucho del relato de Marco Polo, que nunca visitó Alamut. Parece que los “asesinos” no usaron nunca el hachís, no les hacía falta para crear un culto al líder y a la secta capaz de organizar misiones suicidas. El nombre correcto del grupo no era el de asesinos, sino el de ismailíes nizaríes. Su fundador, el persa Hasan il Sabbah, estudió en Egipto en el siglo XI, entonces en manos de los chiíes fatimíes, y se convirtió al chiismo fatimí. Posteriormente regresó a Persia, donde fue pregonando sus creencias y convirtiendo a fieles, hasta que fue capaz de infiltrarse en el castillo de Alamut y apoderarse de él en 1090. Replicó esta estrategia hasta conseguir una red de fortalezas en la zona, red que pronto se extendió también a zonas de Siria y el Líbano.
Su poder era tal que un embajador narró cómo, al visitar Alamut, el líder, ya conocido como “el viejo de la montaña”, ordenó a un fidai que se tirara por los muros hacia el enorme acantilado que bordeaba el castillo, cosa que este hizo sin rechistar. De esa forma lanzaba un mensaje: mi fuerza reside en el poder que tengo sobre estos hombres. Este poder residía en una marca, que siempre actúa como promesa: la marca de creer que por una acción que comprende tu vida podrás acceder al paraíso. Para ello, los fidais, convenientemente entrenados, se infiltraban en el entorno de los objetivos, disfrazados, familiarizándose con el contexto, hasta que asestaban su golpe. Si era posible, buscaban ruta de escape, si no, morían en el acto.
Los asesinos no disponían de ejércitos de batalla, su poder estribaba en el terror selectivo. Posiblemente, se trataba de uno de los primeros movimientos de terror organizado de la Baja Edad Media.
A mediados del siglo XIII, los “asesinos” cometieron el error de amenazar nada menos que al todopoderoso Jan mongol Hulagu, nieto de Gengis Jan, que por aquel momento estaban arrasando Asia. Hulagu decidió responder a la amenaza sitiando Alamut, tomándola y reduciéndola a cenizas, incluyendo su famosa biblioteca. Hoy en día, todavía se pueden visitar los cimientos del castillo.
El Estado nizarí (asesino) colapsó. Con todo, se perpetuaron en el tiempo, ya de una forma más pacífica. Hoy son los ismailíes, seguidores del Aga Jan (o Aga Khan), y se distinguen por ser una comunidad religiosa próspera, muy activa en el comercio y extendida por muchas localidades (incluyendo Canadá). Por su parte, los “asesinos” se convirtieron en los protagonistas de un famoso videojuego, en el que se enfrentan a sus supuestos archienemigos, los templarios.
¿Qué nos enseña su historia? Primero, el poder manipulador de la “marca”, en este caso la promesa de una vida placentera después de la muerte, asociada al control de un líder “fuerte” (el viejo de la montaña) como elemento central de una secta. Segundo, el poder del terror como fuente para conseguir objetivos políticos, quizás una terrible invención que ha llegado hasta el día de hoy, solo que ahora se asesina mucho más, y menos selectivamente. Tercero, su estrepitoso fracaso muestra que el terror acaba siendo derrotado por fuerzas superiores, como hemos observado a lo largo de estos siglos. Cuarto, que, de un movimiento terrorista, los siglos pueden hacer renacer un grupo de personas pacíficas y provechosas. Quinto, que de esta extraña transición puede surgir un videojuego.
Como decía Lucrecio en De la naturaleza de las cosas: «Este terror del ánimo y esas tinieblas necesario es / que las disipen, no los rayos del sol ni los lúcidos dardos del día / sino la contemplación de la naturaleza y de la razón».