Aunque la tregua en la guerra de Irán haya atenuado los ánimos, existen poderosas razones que explican que la tensión geopolítica en el Golfo se mantenga muy elevada en el corto y el medio plazo.

El filósofo militar chino Sun Tzu escribió hace 2.500 años: “El supremo arte de la guerra consiste en subyugar a tu enemigo sin luchar”.  Parece que todas las administraciones de los EUU desde Reagan siguieron esta máxima en su política persa, con mayor o menor éxito, pero que Trump la ignoró.  Las consecuencias serán muy duraderas.

Los mercados de energía han experimentado fortísimas oscilaciones desde el ataque a Irán de finales de febrero.  Según se mueven las curvas de precios, los economistas nos afanamos en evaluar posibles impactos en términos de crecimiento, inflación y tipos de interés.  Y las estimaciones cambian cada día, de ahí que muchos utilicen escenarios, escenarios, que, aunque nos pueden ofrecer un rango de opciones, dificultan la toma de decisiones empresariales y de inversión.

En este contexto, me gustaría intentar arrojar algo de luz geopolítica a medio plazo, más allá de la situación inmediata en Ormuz.  Mi impresión es que esa luz proyecta un futuro geopolíticamente tenebroso…

Primero, sabemos que Irán ha enriquecido unos 450 kilos de uranio a un nivel superior al 60%, muy por encima del 3-4% necesario para su uso energético.  Si este material se enriquece por encima del 90%, el país podría fabricar unas once bombas nucleares entre uno y tres años, en función de la asistencia recibida.  El régimen iraní es consciente de la práctica inmunidad de la que “disfruta” Corea del Norte precisamente por haberse dotado de armas nucleares, y su incentivo es lograr un nivel de disuasión parecido.  Por si fuera poco, posee una importante capacidad balística.  Se estima que la mitad de su arsenal de misiles puede permanecer intacta, y ya ha demostrado que su radio de acción podría llegar a alcanzar, por ejemplo, la isla de Mallorca, muy por encima de las estimaciones previas, que limitaban su alcance “solo” hasta Grecia.  Por último, el descabezamiento del régimen agrava el riesgo geopolítico, ya que el poder militar se ha repartido entre diferentes dirigentes de la Guardia Revolucionaria, en una estrategia preconcebida, lo que supone una amenaza por falta de un interlocutor fuerte.  Israel se opondrá a cualquier intención iraní de dotarse del arma.  La misma oposición surgirá desde otras potencias suníes, que no podrían concebir a un vecino chií con capacidades nucleares.  Estos factores seguirán generando un nivel de riesgo geopolítico que impedirá que la energía vuelva al nivel de precios anterior al de la crisis.

Segundo, las infraestructuras energéticas dañadas tardarán un tiempo considerable en ser reparadas. Ras Laffan, complejo industrial con múltiples trenes de licuefacción (representa un 5% y un 20% de la producción mundial de gas natural y de gas natural licuado respectivamente) ha sufrido daños considerables, daños que tardarán varios trimestres en ser subsanados.  Otras infraestructuras petrolíferas también han sufrido ataques reseñables de lenta reparación.  Por eso los precios de los futuros no marcan una vuelta a la normalidad de la energía ni siquiera para diciembre de 2027, termine antes o después la guerra.

Tercero, reorganizar las líneas de suministro de petroleros y flotas gasísticas será un proceso lento.  Por Ormuz transitaban unos sesenta petroleros diariamente hasta el inicio de la guerra, y desde entonces apenas lo cruzan unos cinco.  El atasco de buques dentro y fuera del golfo es monumental, lo que alargará el proceso de normalización al incrementar intensamente la duración media de la travesía.  Además, el restablecimiento de las coberturas de reaseguros será también lento, tanto en su implementación como en la normalización de sus precios.

Cuarto, como es bien sabido, la crisis no se limita a la energía, sino que afecta de lleno a insumos básicos, desde los utilizados en la fabricación de fertilizantes, hasta el aluminio (lo que encarece el coste no energético de producir coches), así como productos esenciales para la industria de semiconductores, como el helio, que se emplea para enfriar los equipos de litografía.  La escasez de fertilizantes se hará sentir en países emergentes en forma de mayores precios de los alimentos, algo relevante, ya que el porcentaje de renta que se dedica a este bien básico es substancialmente superior que en Occidente.

Quinto, el shock de oferta energético ha tensionado las curvas de inflación prevista, lo que ha movido al alza las curvas de tipos de bonos soberanos y corporativos.  El sesgo de la política monetaria apunta hacia una subida de tipos para evitar que el aumento de la inflación acabe enquistándose vía expectativas de mayores precios trasvasado a mayores salarios, lo que genera más inflación. Sencillamente, nuestra capacidad para predecir la inflación y, por lo tanto, los tipos de interés, es sensiblemente menor que en enero.

Sexto, el orden internacional surgido desde la Segunda Guerra Mundial, basado en reglas, en su cumplimiento y en un policía mundial, ha muerto, y no resucitará en un buen tiempo.

Edmund Burke, el pensador conservador, afirmó en 1790: “Los hombres están cualificados para la libertad civil en una proporción igual a su disposición para arrojar cadenas sobre sus propios apetitos”.

Hemos retirado nuestras cadenas, de lo que surge un periodo duradero de caos.