Niveles elevados de impuestos, falta de representación democrática y fuertes desequilibrios entre territorios que pagan más impuestos que otros pueden estar correlacionados con un mayor riesgo de revueltas sociales.
Jean-Baptiste Colbert, ministro de Hacienda de Luis XIV, comparó los impuestos con el acto de desplumar un ganso: había que obtener el máximo de plumas con el menor número de graznidos. Colbert se refería así a la difícil dicotomía que supone financiar un Estado sin generar una revolución alimentada por el hartazgo social. El hartazgo puede estar motivado por un elevado nivel de imposición, por la percibida inutilidad del gasto público, por la falta de representación democrática en los órganos que fijan la imposición o por el reparto desigual de cargas fiscales entre personas o territorios.
Aunque es bien conocida la revolución de las colonias contra la Corona británica, que dio origen a los EEUU, menos conocida es su relación con la conquista de la India. La India fue progresivamente anexionada por una compañía privada, la East India Company, que contaba con su propio ejército y flota, dirigidos por el hermano mayor del duque de Wellington, en la segunda mitad del siglo XVIII. Los gastos derivados de la conquista, una administración cuestionable y la hambruna de Bengala de 1770 —que erosionó gravemente los ingresos fiscales— provocaron una crisis financiera sin precedentes en la Compañía. Ésta no tuvo más remedio que solicitar una ingente ayuda financiera a la Corona y, para permitir que la empresa pudiera hacer frente a dicha deuda, el Parlamento británico aprobó el Tea Act, de 1773, que permitía a la Compañía vender monopolísticamente té directamente a las colonias americanas. Las subidas de impuestos que se habían materializado en los años anteriores y la controversia en torno al monopolio del té propiciaron la revuelta de los colonos y galvanizaron la revolución que dio pie a la independencia de los EEUU, bajo la máxima de “No taxation without representation”: no se puede fijar impuestos sobre aquellos que no están representados. Así, conquistando la India, el Reino Unido perdió las colonias más importantes de América.
Irónicamente, Francia decidió resarcirse de la pérdida de sus territorios de Quebec tras su derrota en la guerra de los Siete Años frente a Inglaterra (1756-1763) financiando y apoyando activamente la guerra de la Independencia de los EEUU, ayuda a la que también contribuyó España. Para ello, Francia incurrió en importantes gastos militares. Tanto éstos como la carga financiera asociada fueron asfixiando las cuentas públicas del país, que se vio forzado a incrementar los niveles de impuestos. Una sucesión de malas cosechas generó una inflación que agravó el malestar social hasta que la revolución estalló en verano de 1789.
Un paper de reciente aparición publicado por la National Bureau of Economic Research (Extractive Taxation and the French Revolution) analiza precisamente esta relación en vísperas de la Revolución francesa. El sistema impositivo eximía a nobleza y clero de prácticamente todas las exacciones, que recaían así en el “tercer estado”, que representaba a un 98% de la población. Los impuestos, sobre todo indirectos como el que gravaba la sal y los aranceles, llegaron a representar entre el 25% y el 30% de los ingresos familiares, nivel especialmente preocupante cuando la renta per cápita es muy reducida, como ocurría en las sociedades preindustriales. Además, su recaudación presentaba importantes variaciones en función de los territorios administrativos (llamados entonces “bailías”).
Los autores utilizan datos de imposición per cápita hacia 1780, y documentan la importante relación que existe entre el nivel de impuestos y el apoyo a revueltas y a la revolución. El fascinante gráfico que sigue muestra dicha correlación: las bailías con mayor nivel de impuestos (libras per cápita, la moneda de uso entonces en Francia) tendieron a concentrar más revueltas.

Los municipios sometidos a una mayor carga fiscal experimentaron el doble de revueltas y más quejas (cahiers de doléances) que los que presentaban un menor nivel de imposición. Según los autores, los impuestos elevados, y no otros factores políticos, fueron el principal motivo de dichas revueltas. También documentan la relación entre las revueltas y la penetración de la Ilustración, medida como niveles de ventas de libros o subscripciones a la Enciclopedia.
Por último, el estudio también analiza el vínculo entre impuestos, críticas al antiguo régimen, peticiones de cambio institucional y votos a favor de la pena de muerte para el Rey Luis XVI, guillotinado en 1793. Los diputados elegidos en las provincias donde se habían concentrado los mayores impuestos votaron más a favor de la ejecución del Rey. Así, contribuyendo a liberar a las colonias norteamericanas de la Corona inglesa, el rey perdió su cabeza.
Los privilegios fiscales de aristocracia y clero fueron abolidos tras la revolución; el odiado impuesto a la sal, suprimido; y las variaciones de impuestos entre territorios, limitadas al máximo. Inflación, impuestos elevados, privilegios fiscales de unos territorios frente a otros, falta de representación de los contribuyentes en las decisiones impositivas… son ideas que deberían generar su eco en la actualidad.
La intuición de Colbert no era nueva. Cuentan que Confucio afirmaba que los ladrones indochinos que asaltaban las caravanas de comerciantes chinos en el siglo V antes de Cristo no robaban toda la mercancía, sino que dejaban un tercio para permitir así que estos se recuperaran y pudieran seguir comerciando, lo que permitía a los ladrones continuar saqueándolos. Según Confucio, los impuestos deben asemejarse a dicha práctica, porque si son demasiado elevados, el comerciante acaba quebrando, y como muestran estos estudios, puede incluso alzarse en armas con resultados letales.
Al final se trata de que el ganso grazne, pero que no grite.