Desde hace unas décadas, el endeudamiento global ha crecido hasta alcanzar unos niveles cercanos a tres veces el tamaño de la economía mundial, más del doble que el nivel de deuda que se registraba hace unos cuarenta años.

«No puedes resolver un problema de deuda añadiendo más deuda» afirma un conocido dicho de mercado. Desde hace unas décadas, el endeudamiento global ha crecido hasta alcanzar unos niveles cercanos a tres veces el tamaño de la economía mundial, más del doble que el nivel de deuda que se registraba hace unos cuarenta años.

Recientemente, hemos vivido «episodios de crédito», por ejemplo, en empresas estadounidenses como First Brands y Tricolor, en la gigantesca promotora china Vanke, o en la de baterías sueca Northvolt. A nivel bancario, hace pocos años observamos similares situaciones: Silicon Valley Bank, Jiangxi Bank o Credit Suisse también en EEUU, Asia y Europa, respectivamente. A su vez, aunque la reestructuración de la deuda soberana griega haya quedado atrás, la realidad es que el endeudamiento público está alcanzando niveles no observados desde la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, EEUU llegó a un máximo de deuda de 108% sobre PIB tras derrotar a Hitler y a Hirohito en 1945. Actualmente, la deuda «en manos del público» se acerca al 100% del PIB, con déficits estructurales cercanos al 6%, lo que permite prever que en pocos años el país alcanzará límites de endeudamiento superiores a los de una conflagración mundial, solo que esta vez, sin haberla librado. Por otro lado, el auge de la llamada «banca en la sombra» que ya ha acumulado más activos que el sistema bancario tradicional, junto con la emergencia del «crédito privado», se han convertido recientemente en focos de atención.

En este contexto, no es de extrañar que se multipliquen las voces alarmistas sobre la inminencia de una «crisis de deuda» para así galvanizar al sapiens que llevamos dentro, sapiens que posiblemente pudo sobrevivir miles de años en circunstancias muy difíciles gracias a un estado continuo de congoja. Esta hipótesis cobra sentido, si tenemos en cuenta que aprendimos a escribir -y, con ello, a transmitir el conocimiento más o menos racional- hace unos 5.000 años, es decir, en menos del 3% del tiempo que lleva existiendo nuestra especie. Con todo, nuestro sapiens también se llama así por su capacidad de racionalizar los problemas para así discernir dónde enfocar la atención. Veamos:

La deuda mundial es inferior a la reportada. La cifra de tres veces PIB es la suma de la deuda de familias, empresas, gobiernos y la deuda mayorista de los bancos. Esta última en realidad es una contabilidad doble, ya que si yo debo a mi banco 200.000 euros de una hipoteca y mi banco se ha endeudado por este importe ofreciendo mi hipoteca como garantía estamos contando dos veces la deuda. Evitar esta doble contabilización reduce la deuda mundial en unos 75 puntos de PIB. La deuda neta es mucho menos elevada de lo que parece.

Los episodios de crédito observados recientemente en EEUU tienen su origen en casos de fraude. El fraude casi nunca es sistémico. Para que el riesgo crediticio fuera sistémico haría falta que viniera acompañado de fuertes incrementos del endeudamiento corporativo lo que acarrearía un gran nivel de riesgo que se reflejaría en los diferenciales de crédito (lo que pagan las empresas de más en intereses sobre el nivel que paga el gobierno), que son altos cuando se percibe mayor riesgo, y viceversa. La realidad es que el endeudamiento privado en EEUU se sitúa en niveles muy saneados (1,4 veces PIB frente a 1,7 en 2008), exactamente lo mismo que en Europa (1,5 frente a 1,7). Por eso los diferenciales de crédito están en mínimos, no en máximos. En China la situación es más sistémica, con deuda privada superior a dos veces.

La deuda de EEUU paga un 4,1% a 10 años, frente a un 4,5% hace un año. Si la deuda pública es tan monstruosa, ¿por qué su rentabilidad se ha reducido? Los riesgos de quiebra (CDS) de la mayoría de los países de la OCDE se sitúan en niveles muy bajos. Por ejemplo, la prima de riesgo de España se sitúa en 43 puntos básicos, frente a más de 620 en 2012; la de Grecia, en 60 puntos, una ínfima parte que en 2012. El motivo es que, como hemos señalado, la deuda privada se ha reducido ostensiblemente en Occidente, lo que mitiga el riesgo de que el sector público tenga que rescatar al privado a través de su nexo de conexión: la banca. Además, la mayoría del sistema bancario occidental es ahora solvente y líquido, algo que no ocurría en 2012. Estamos mucho mejor ahora.

Los alarmantes titulares sobre «banca en la sombra» en realidad hacen referencia a los activos gestionados por aseguradoras (sector cuyo origen se remonta a la Edad Media), a fondos de inversión y de pensiones (que datan de al menos el siglo XVIII), hedge funds (surgidos en 1944) y fondos de crédito privado, es decir, capital captado entre instituciones y patrimonios elevados para prestar a empresas. Esta última modalidad existe desde los años ochenta en las business development companies, muchas de ellas cotizadas. La «banca en la sombra» cuenta con activos cercanos a los 250 billones de dólares, según un informe reciente del Financial Stability Board. Más del 90% proviene de aseguradoras y fondos de inversión. A su vez, los hedge funds y las entidades de crédito privado suelen tener pasivos cerrados a medio plazo —lo que significa que los inversores no pueden retirar fondos en cualquier momento, como sí ocurre con los depósitos bancarios—, lo que limita su riesgo sistémico.

«Para llegar primero, primero hay que llegar» decía Warren Buffett, refiriéndose a que el uso excesivo de deuda es malo. Con todo, el riesgo sistémico en Occidente es mucho más acotado del que nos transmiten los titulares, quizás porque apelan a los acongojados genes de nuestro ancestral sapiens, y no a su racional heredero.