Churchill afirmó que las naciones que se hunden luchando vuelven a resurgir, pero las que se rinden se extinguen.

Lenin decía: “Se sondea con bayonetas: si se encuentra blando, se avanza; si se encuentra acero, se retrocede”.  He recordado esta frase tras terminar la lectura del apasionante libro recién publicado If Russia Wins, de Carlo Masala, profesor de estrategia en la Universidad del Ejército Alemán en Munich.

El libro plantea un escenario en 2026 en el que se llega a un acuerdo de tregua en Ucrania, acuerdo que supone la cesión de una quinta parte del territorio a Rusia, ya que el desgaste de EEUU y Europa por seguir apoyando la guerra hace inviable que Ucrania mantenga el esfuerzo militar.  No se produce un reconocimiento internacional de las zonas conquistadas por Rusia, pero se acepta en la práctica, como sucede hoy en día con la zona del norte de Chipre, ocupada por Turquía en los años setenta.  Tras la firma, Putin presenta su dimisión, y se elige a un presidente joven y reformista que, sin embargo, oculta una agenda continuista: restablecer el poder geopolítico ruso.  Para lograrlo, reconstruye en secreto la maquinaria bélica rusa e intensifica la alianza económica y militar con Pekín.

En 2028, grupos paramilitares rusos con presencia en Mali fuerzan la emigración masiva de población local en pateras hacia Europa, lo que obliga a Alemania a desviar dos fragatas al Mediterráneo para reforzar la vigilancia migratoria, limitando así su capacidad de actuación en el Báltico.  Además, China, en concierto con Rusia, desafía a Filipinas desplegando un contingente en las islas Spratly, disputadas por ambas naciones.  Filipinas invoca su alianza militar con EEUU, lo que mueve a este último país a desviar dos grupos de portaaviones al Pacífico.  En ese contexto, tropas rusas invaden una ciudad estonia cercana a la frontera, con un 80% de población ruso parlante, y en una operación anfibia, Rusia toma una isla de Estonia en el Mar Báltico.  Además, Rusia golpea a Europa con una guerra “híbrida” mediante acciones de sabotaje encubiertas: desde asesinar al CEO de un importante fabricante de armas alemán hasta enviar un submarino dotado de cabezas nucleares y con fuerzas especiales para plantar la bandera rusa en una isla deshabitada y hasta hace poco disputada entre Canadá y Dinamarca.  Tras retirarse, Moscú deja un mensaje inequívoco sobre su proyección nuclear.

El libro expone los desafíos geopolíticos que surgen de estas acciones.  Estonia invoca el artículo quinto de la OTAN y pide a sus aliados una respuesta militar para defender su territorio.  El debate, sin embargo, es arduo.  ¿Se enfrentarían el resto de los países aliados, empezando por un EEUU que pregona la doctrina “América primero” a una posible guerra nuclear por una ciudad de Estonia? ¿Estarían dispuestos países como Italia o España a enviar tropas a los países bálticos para honrar su alianza?  ¿Mantendría Francia sus compromisos militares con la OTAN bajo un presidente de extrema derecha con posiciones filo rusas?  Del desenlace de este debate dependerá el futuro de la OTAN y por lo tanto, si Rusia gana.

El libro plantea los importantísimos mensajes geopolíticos que emanan de una posible respuesta a una agresión.  Puede proporcionar una señal a China sobre Taiwán: lo que realmente importa es el poder, no la ley.  Así lo escribió Tucídides hace 2.500 años en su célebre “diálogo de los Melios”, y lo repitió, hace menos de cien, el jurista nazi Carl Schmitt, hoy tristemente admirado en ciertos círculos del movimiento MAGA en EEUU.

Es importante calibrar también la dimensión económica, que el libro no aborda.  El PIB de la Unión Europea es diez veces mayor que el de Rusia.  Su población, tres veces superior.  Con todo, aunque Europa decidiera acudir en ayuda de Estonia, sin el apoyo militar de EEUU la acción sería inviable, ya que Europa depende de Washington en infraestructuras militares críticas: satélites militares, en misiles de crucero de alcance que supera los 2.000 kilómetros y en sistemas de reabastecimiento aéreo.  Además, la guerra no solo exige “hardware” (armas, drones), sino también “software”: la voluntad de luchar.  Y el porcentaje de europeos que afirma que defendería, no ya a un aliado, sino a su propio país en caso de invasión, es cada vez menor.

En los días más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, Churchill afirmó que las naciones que se hunden luchando vuelven a resurgir, pero las que se rinden se extinguen.  Para Masala, no seguir esta máxima equivale a proporcionar señales inequívocas a los regímenes autoritarios, siempre atentos a cualquier muestra de debilidad para socavar el orden internacional que poco a poco comienza a cuestionarse.  Hace poco, el columnista de geopolítica del semanario The Economist evocó una frase del escritor marxista Gramsci: ‘El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos’.

Estamos ahí.