El fuerte aumento de los precios y el déficit de oferta obligan a duplicar, como mínimo, la producción de vivienda durante los próximos años en España.

Según un conocido dicho del mercado financiero, las necesidades del ser humano son tres: conseguir comida, tener una casa, y mantener la deuda fuera del balance.  Exceptuando la comida, este dicho relaciona dos realidades íntimamente conectadas: los inmuebles y su financiación.

La dificultad de acceso a la vivienda es una de las principales preocupaciones de los españoles, según el Centro de Investigaciones Sociológicas.  El año pasado la vivienda subió la friolera de otro 13%, según el INE, agravando aún más los problemas de acceso.  En su génesis, el aumento de precios responde a una realidad económica: la demanda, acelerada por los intensos flujos migratorios que recibimos, supera a la oferta.  Así, se forman unos 183.000 hogares al año en España y, sin embargo, solo se terminan unas 100.000 casas, lo que ha generado un déficit de vivienda construida de unas 700.000 unidades.  De ahí se deriva la necesidad acuciante de duplicar, como mínimo, la producción de vivienda.  Conseguirlo nos llevaría a construir unas cuatro viviendas por cada 1.000 habitantes al año (frente a las dos actuales), en línea con una situación de normalidad en un país occidental, y muy lejos de las quince que construyó España en 2006.

La industria inmobiliaria ha señalado, con razón, que duplicar la producción de vivienda es extremadamente difícil, debido no solo a la falta de suelo finalista, sino a la gran escasez de mano de obra especializada en construcción: faltan albañiles cualificados, situación que se agravará con la jubilación de unos 700.000 profesionales durante los próximos años.  Con todo, se ha puesto poco el acento en la otra cara de la moneda: para construir 200.000 casas hay que financiarlas.  En la práctica, esto supone movilizar unos 15.000 millones de euros adicionales al año.  De aquí surge la necesidad de contar con financieros especializados en el sector inmobiliario que puedan aportar el conocimiento y la capacidad necesarios para obtener los fondos propios y la deuda asociados a tan ingente e importante tarea.

La financiación del sector inmobiliario va mucho más allá del ámbito residencial.  Necesitamos levantar financiación para hoteles, residencias de estudiantes, centros de datos, oficinas, centros logísticos… en fin, todo lo que se denomina “sector terciario”, sector en el que se invirtieron en España unos 13.000 millones de euros en 2025, el segundo volumen más elevado de la historia, según datos de CBRE.  Estos datos ponen de manifiesto que España es una gran potencia inmobiliaria y la sitúan entre los diez países más importantes del mundo en este sentido.

El pujante crecimiento del sector y de su financiación no es exclusivo de España.  A nivel global, cuando hablamos del sector inmobiliario hacemos referencia a un mercado gigantesco.  Así, si el ahorro mundial asciende a unos 600.000 millones de dólares, la mitad son casas, y otros 60.000 millones se concentran en activos inmobiliarios de naturaleza terciaria.  El resto se divide entre acciones, bonos, depósitos bancarios y efectivo.  Muchas veces cuando escuchamos “financiero” pensamos en este “resto”. Sin embargo, los 360.000 millones invertidos en activos inmobiliarios también requieren financiación, y para eso hacen falta profesionales especializados.  Por eso grandes fondos de capital riesgo como Blackstone, Brookfield, Hines o Starwood son principalmente inmobiliarios.  A esto hay que sumar las grandes SOCIMI (como Merlin o Colonial en España) o REIT por su acrónimo en inglés, que capitalizan a nivel global la friolera de tres billones (españoles) de dólares, y las enormes divisiones inmobiliarias de los grandes fondos soberanos.

El auge del sector inmobiliario, y la financiación íntimamente ligada a dicho sector conlleva la demanda de financieros especializados en un sector que, por sus características, exige tener conocimientos especializados.

La irrupción de la inteligencia artificial está comenzando a generar una enorme turbulencia en el mercado laboral de recién licenciados, a medida que las empresas reducen su necesidad de reclutamiento para ejecutar tareas que ahora pueden ser automatizadas.  Así, el desempleo entre recién licenciados está subiendo con fuerza, situándose, por ejemplo, en EEUU en el 6% frente a una tasa de paro general del 4%. Además, el desempleo de los varones con formación universitaria ronda el 10%, debido a su mayor presencia en carreras de ciencias sociales, más expuestas a corto plazo a la automatización de la IA.  La “prima salarial” (mayor sueldo) de licenciados frente a no licenciados no hace más que comprimirse, desde niveles del 30% de hace unas tres décadas a menos del 8-9% hoy en día, también siguiendo datos de los EEUU.

Esta situación lleva a muchas personas a plantearse el “retorno de la inversión” que conlleva la formación.  La mejor manera de resolver este dilema es orientar el aprendizaje hacia profesiones altamente demandadas por el mercado laboral.  En mi opinión, la figura del financiero inmobiliario será una de las ganadoras debido a las dinámicas expuestas anteriormente.  Combinarán conocimiento de inmuebles y de finanzas y, además, el trabajo les permitirá obtener su comida, completando la trilogía con la que abría este artículo.