Un año después del anuncio de los aranceles por parte de la Administración Trump, los resultados distan de los objetivos planteados.

Decía Montaigne que “el mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la ilusión de saber la verdad”.  Cuando la Administración Trump anunció, hace ahora un año, los aranceles a las importaciones en el denominado “día de la liberación”, se planteó que estas medidas permitirían alcanzar varios objetivos.  Primero, repatriar fábricas y empleos manufactureros a EEUU.  Segundo, que los aranceles serían pagados por los “extranjeros” hasta el punto de especularse con que la recaudación podría destinarse a eliminar el impuesto sobre la renta.  Tercero, como los aranceles “no los pagarían los norteamericanos” la inflación no se vería afectada.  Cuarto, alguno de los pensadores del equipo económico de Trump (valga el oxímoron) defendieron que los aranceles apreciarían el dólar, lo que limitaría cualquier impacto inflacionista que se produjese si al final el coste no lo acaban pagando los foráneos.  Quinto, los aranceles ayudarían a reducir el déficit comercial de EEUU, déficit que, según los partidarios del presidente, aboca al país a ser subyugado por economías con saldo exportador positivo, como China o Alemania. Esta idea se inspira, por cierto, en el economista judío alemán Albert Hirschman, que había combatido en la Guerra Civil española en las brigadas internacionales del bando republicano. Sexto, como colofón de semejantes políticas, el crecimiento económico de EEUU se aceleraría.

¿Qué ha ocurrido transcurrido un año?

Primero, el empleo industrial en EEUU no ha mejorado a pesar de tanto arancel.  De hecho, se ha reducido de 12,7 millones a 12,6.  El motivo es sencillo: el salario de un empleado manufacturero en México es de unos cuatro dólares la hora; en Vietnam, de dos; en EEUU, de treinta.  Los aranceles no devolverán empleo fabril a EEUU por una mera cuestión de coste, a no ser que los norteamericanos acepten trabajar a una fracción de su salario actual, algo que no va a ocurrir.

Segundo, más del 90% del gasto generado por los aranceles lo han pagado consumidores y empresas estadounidenses, como ha puesto de manifiesto recientemente en un paper la Fed de Nueva York y como dicta la lógica económica.  La reacción de Kevin Hassett, director del National Economic Council y consejero de Trump, fue afirmar que ese paper “era el peor que había leído en la historia de la Fed”, sugiriendo que sus autores deberían ser “disciplinados”.

Tercero, la inflación subyacente (menos volátil) se situaba en el 2,6% antes de los aranceles, si tomamos como referencia la medida favorita de la Fed (core PCE).  Actualmente es del 3,1%, y si observamos los últimos datos y los anualizamos, obtenemos inflaciones superiores al 4%, en parte por el alza de precios de los bienes, cortesía de los aranceles, mientras que la inflación de servicios no termina de bajar.  Si analizamos el último dato de actividad manufacturera (índice ISM), el subcomponente de “precios pagados” —que marca aceleración a partir de 50 y desaceleración por debajo de ese nivel—, acaba de dar la escalofriante cifra de 78.  Su equivalente en el sector servicios se sitúa en 71.  Se avecina más inflación.  Trump ha infligido una enorme presión a la Fed para que reduzca los tipos de interés, pero sus políticas pueden acabar provocando el efecto contrario: el banco central estadounidense lleva sesenta meses sin conseguir su objetivo de inflación del 2%.

Cuarto, el dólar, lejos de subir (como pronosticaban también grandes casas de inversión) se ha depreciado.  Cotizaba a 1,08 por euro hace un año, y ahora se sitúa en 1,15.  Algo parecido ha ocurrido con otras divisas.  La depreciación del dólar frente a una cesta de divisas de países que comercian con EEUU se sitúa en el 4% durante el último año.  Como consecuencia, los productos se importan a un precio más caro, lo que empeora la situación con la inflación y empobrece a los consumidores estadounidenses.

Quinto, el déficit comercial de EEUU en bienes apenas se ha reducido.  Se situaba en el 4,1% de PIB y ahora está en el 4,0%.  EEUU mantiene un superávit en el saldo comercial en servicios, algo que omiten muchos defensores de los aranceles.  Es una situación normal en una economía avanzada cuyos elevados salarios y productividades conllevan la expansión del sector servicios sobre el manufacturero.

Sexto, al menos ¿han generado estas políticas un mayor crecimiento? La respuesta es no.  EEUU crecía casi a un 3% el último año de Biden.  El año pasado, el crecimiento fue del 2,1% y los indicadores adelantados en tiempo real de la Fed de Atlanta muestran que el dato anualizado del primer trimestre se situará en el 1,6%.  En definitiva, la economía pierde impulso.

Por si fuera poco, el Tribunal Supremo declaró ilegales los aranceles, con toda lógica, ya que la Constitución establece claramente que son potestad del Congreso, salvo en situaciones de emergencia, que este caso nada tienen que ver con las razones esgrimidas por la Administración.  Su recaudación cercana a un punto de PIB, y ahora suspendida, fue ocho veces inferior a la obtenida por el impuesto sobre la renta.  Los nuevos aranceles —en sustitución de los anulados por el Supremo— también podrían ser declarados ilegales, ya que su uso temporal bajo autoridad presidencial se basa en una crisis de balanza de pagos inexistente en la actualidad.

Montesquieu afirmó que el comercio representaba “una cura para los prejuicios más destructivos”.  Lamentablemente, la historia le va dando la razón.