El real de a ocho español se convirtió en la primera moneda de referencia mundial. Durante siglos, su peso, su pureza y la garantía de la Corona sostuvieron la confianza de comerciantes de Europa, América y Asia.
En 1124, el Rey Enrique I de Inglaterra intentó recuperar la confianza en la moneda real ordenando la castración de los miembros viriles y la amputación de la mano derecha a trabajadores de las cecas reales que habían adulterado la pureza de las piezas acuñadas. De esa forma, el Monarca intentaba recuperar la confianza en su moneda. Con todo, a pesar del sangriento acto, las alteraciones monetarias inglesas continuaron, lo que impidió que la libra esterlina se convirtiera en divisa de referencia hasta unos setecientos años más tarde.
Aunque el Imperio romano, el bizantino o el califato de Córdoba tuvieron monedas predominantes en su comercio regional, cabe preguntarse a qué moneda le corresponde el honor de haber sido la primera divisa global de referencia de la historia. Según sostiene el afamado historiador financiero norteamericano Barry Eichengreen en su reciente libro, Money Beyond Borders, ese honor le corresponde al célebre real de a ocho español, moneda de referencia en el comercio mundial entre los siglos XVI y XIX.
La Corona había fijado su peso (3,38 gramos) y su pureza (90%) en 1497, y el posterior descubrimiento de enormes yacimientos de plata en Zacatecas (Nueva España, actual México) y en Potosí (virreinato del Perú, actual Bolivia) permitió a España acuñar elevados montantes de lingotes y monedas de una elevada y constante pureza, pureza que era certificada por funcionarios, tras lo cual se añadía el correspondiente sello real. La producción masiva de estos reales de a ocho de elevada y constante ley, y con la garantía del Estado, convirtió a dicha moneda en la primera divisa de reserva mundial.
¿El motivo? Su calidad y estabilidad le hicieron ganar la confianza de los mercaderes. A medida que China comenzó a intercambiar bienes con España a cambio de plata a través de Manila, los comerciantes chinos se acostumbraron a reclamar el real de a ocho en la mayoría de sus transacciones durante casi tres siglos, incluidas las realizadas con mercaderes otomanos y del norte de Europa. Estos últimos, a través de sus compañías de Indias Orientales, intentaron acuñar sus propias monedas para comerciar, pero no fueron aceptadas por los chinos, que preferían el prestigio de la moneda española. Las aduanas de Cantón, que hacia 1685 canalizaban el comercio con Francia, Dinamarca y Suecia, liquidaban sus operaciones en reales españoles. Y cuando los comerciantes de EEUU llegaron a China en 1784, los chinos solo aceptaron reales a cambio de sus exportaciones. Los comerciantes indios también reemplazaron sus volátiles divisas por el real de a ocho como principal medio de pago en sus transacciones. Además, la llegada a Europa de una parte importante de la plata obtenida del Nuevo Mundo financió los préstamos que pagaba la Corona a banqueros italianos y alemanes, y la moneda española poco a poco se fue estableciendo como divisa de referencia en el comercio del Viejo Continente. El real de a ocho permitió forjar la “primera globalización” lograda por la expansión del Imperio.
No faltaron intentos de manipulación, en especial en Potosí. A mediados del siglo XVII, dos españoles, Francisco Gómez de la Rocha y Felipe Ramírez de Arellano, establecieron un mecanismo para acuñar monedas de menor ley para embolsarse la diferencia. La consecuencia fue que la plata emitida en esa ceca generó pronto desconfianza en los mercados internacionales. La Corona, alarmada, comisionó a Francisco de Nestares, quien sobrevivió a intentos de corrupción y de asesinato hasta descubrir a los culpables. Ambos fueron torturados y ejecutados por garrote vil al grito del pregonero: “Quien tal hace, que tal pague”. El peso y la fineza de la moneda fueron restablecidos al nivel de 1497. Esa era la garantía y la confianza que generaba el respaldo de una moneda de reserva.
El sello real que garantizaba la ley del real pasó entonces a incorporar las dos columnas de Hércules, rodeadas por el emblema “Plus Ultra”. De hecho, ese signo se utilizó para representar al dólar cuando Hamilton lo estableció como moneda en EEUU. El real de a ocho era, además, la moneda más utilizada en EEUU durante y después de su independencia y siguió siendo de curso legal junto con el dólar hasta 1851. Tal fue su influencia que la bolsa de Nueva York siguió cotizando las fracciones de los precios de las acciones en octavos hasta 2001.
Tras la independencia de los Estados iberoamericanos, muchos incurrieron en importantes déficits fiscales, que fueron financiados con la emisión de monedas con un contenido de plata cada vez menor; la diferencia cubría el déficit, práctica conocida al menos desde los tiempos de Nerón. Así, poco a poco, terminó el dominio del real de a ocho español, que fue dejando paso como divisa de reserva a la libra esterlina, y esta, a su vez, al dólar ya entrado el siglo XX.
¿Qué nos enseña esta historia sobre el futuro del dólar?
Hoy en día, el dinero fiat no contiene un valor intrínseco en forma de plata u oro. Su “valor” se basa en la credibilidad y robustez que le puede conferir la disciplina del Estado que lo emite en forma de equilibrios fiscales y de inflación contenida por la acción de un banco central independiente. Sin embargo, EEUU lleva ya décadas incurso en una dinámica de populismo fiscal, caracterizada por unos niveles descontrolados de déficit y deuda pública. La Reserva Federal lleva ya cinco años sin conseguir su objetivo de inflación. Por si fuera poco, la Administración Trump busca aumentar el déficit y cercenar la independencia del banco central.
Hoy en día, ni se castra ni se amputa ni se da garrote vil a los culpables de manipular una moneda. Sin embargo, EEUU sigue, paso a paso, el camino que marca la historia para explicar el declive de una moneda de reserva global.