España ha conquistado el Mundial de fútbol. Pero ¿cómo sería un mundial si, en lugar de goles, compitieran las economías?

Hacia el año 2000, un profesor francés de economía nos explicó que el PIB de Francia había crecido una o dos décimas gracias a la victoria del país en el Mundial de 1998. El docente relacionaba una victoria deportiva con un comportamiento del consumo mayor al tendencial, lo que habría generado esa pequeña mejora económica.

La literatura académica nunca ha alcanzado un consenso sobre si ganar un mundial añade o no crecimiento económico. Algunos estudios encuentran un pequeño aumento del consumo derivado de la mejora de la confianza; otros destacan las horas de trabajo perdidas durante la competición. En cualquier caso, el verdadero ejercicio consiste en imaginar cómo sería un mundial si, en lugar de goles, compitieran las economías. Con ese punto de partida, me gustaría dedicar esta columna a analizar las economías globales como si se tratara de un gran evento deportivo internacional, para que el lector pueda sacar sus conclusiones.

Si proyectamos la clasificación de nuestro mundial en base al tamaño de las economías, EEEU sería el ganador, con 31 billones de dólares, China obtendría la segunda posición (19 billones), con Alemania como tercera (5), Japón como cuarta (4,5) y el Reino Unido e India empatados en el quinto y el sexto puesto (4 cada una). España alcanzaría se situaría en undécima posición, con un PIB de 1,9, superando ligeramente a Corea del Sur (1,87), a México y a Australia (ambos 1,8), y por detrás de Francia, Rusia, Italia y Brasil.

Si analizamos la clasificación por renta per cápita (una mejor forma de entender el nivel de vida de un ciudadano medio), los resultados serían los siguientes: ganador Mónaco (288.000 dólares per cápita), seguido de Liechtenstein (220.000), Luxemburgo (147.000), Irlanda (132.000, una cifra parcialmente inflada por la localización de beneficios de grandes multinacionales tecnológicas, lo que sobreestima el nivel de vida efectivo de sus ciudadanos), Suiza (115.000), Singapur (99.000), Islandia (98.000), Noruega (96.000) y EEUU (90.000). España habría quedado en trigésimo segunda posición, con 39.000 dólares per cápita.

Si ponderamos no solo la renta per cápita, sino el coste relativo a salarios de los bienes y servicios de un país para entender la paridad de poder de compra, algo que refleja aún mejor el nivel de bienestar de un ciudadano, los resultados serían: Singapur (163.000), Luxemburgo (156.000), Irlanda (155.000)… con España otra vez en trigésimo segunda posición con 60.000 dólares per cápita.

Si el mundial fuese de corrupción (entendiendo que vencería el país menos corrupto), con datos del Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, Dinamarca, Finlandia y Singapur habrían obtenido las tres primeras posiciones. España habría quedado en cuadragésimo noveno lugar (muy por debajo de nuestro nivel de renta per cápita), lo que en términos prácticos supone que ni siquiera nos habríamos clasificado (en el Mundial de 2026, 48 selecciones jugaron la fase final). Por encima de España figurarían países como Cabo Verde, Portugal, Arabia Saudí, Ruanda, Botsuana o Costa Rica.

Como premio de consolación, si el mundial se centrara en los riesgos que supone la deuda privada (suma de deuda de hogares y empresas en relación con el PIB, uno de los mejores indicadores adelantados de futuras crisis financieras e inmobiliarias), nuestro país saldría en un meritorio décimo noveno puesto, por detrás de naciones como México,

Reino Unido o Grecia. En cualquier caso, el endeudamiento privado español (1,2 veces el PIB) es sensiblemente inferior al de EEUU (1,4 veces) o al de la zona euro (1,5).

Nuestra selección ha conquistado este Mundial tras años de disciplina, trabajo, cohesión y decisiones difíciles bajo un liderazgo coherente que piensa en el medio plazo. Las economías no funcionan de forma muy distinta. Si queremos estar entre las primeras posiciones del Mundial de economía toda nuestra nación tendrá que emplearse a fondo.

La corrupción deteriora la calidad institucional, reduce la inversión y termina lastrando a la productividad. Y es la productividad la que, a largo plazo, explica la evolución de la renta per cápita. Por eso, el verdadero objetivo no consiste únicamente en aumentar el tamaño de la economía vía inmigración, sino en mejorar aquellas variables que determinan el bienestar de los ciudadanos, sin perder de vista riesgos como el endeudamiento privado.

Si existiera un mundial de la productividad por hora trabajada, España no habría llegado a estar clasificada. Ese quizá sea el verdadero campeonato en el que deberíamos aspirar simplemente a participar, ya que desembocaría en una clara mejora de sueldos. Para conseguirlo, tanto el sector público como el privado deberán concentrarse en elevar la productividad, auténtico santo grial de la economía.

Hagan sus apuestas.

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Foto: A.RICARDO / Shutterstock