Miles de científicos y profesionales del conocimiento se plantean abandonar Estados Unidos tras los recortes en I+D y el endurecimiento migratorio.

Es opinión ampliamente extendida que, hasta 1933, Alemania contaba con las mejores universidades del mundo.  Más de una cuarta parte de los premios Nobel de Física concedidos durante el primer tercio del siglo XX recayeron en científicos alemanes. La llegada al poder del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes alteró drásticamente esta situación: muchos profesores e investigadores judíos, así como librepensadores, fueron purgados.  Se conminó a los investigadores a perseguir la “física aria”, arcano concepto totalmente ajeno al método científico. La libertad de expresión, clave para entender la innovación, fue cercenada. La consecuencia fue la mayor fuga de cerebros del siglo XX, entre 2.000 y 3.000, principalmente hacia los EEUU.  Se calcula que entre el 15% y el 25% de los investigadores alemanes perdieron su puesto de trabajo, de ahí que se haya afirmado que, de no haberse aplicado esta política, quizás Hitler habría conseguido la bomba atómica antes que los EEUU y el resultado de la segunda guerra mundial hubiera variado.  Uno de los “fugados” fue Albert Einstein, por entonces ya ciudadano suizo, y que afirmó posteriormente: “si la teoría de la relatividad se confirma, los franceses dirán que era un gran científico, los suizos que era un ciudadano suizo, y los alemanes, que era alemán; si se demuestra errónea, los franceses dirán que era suizo, los suizos, que era alemán, los alemanes, que era judío”.

EEUU supo acoger ese talento, financiarlo y estimularlo, manteniendo una política migratoria permeable al capital intelectual.  Como consecuencia, un porcentaje relevante de doctorandos de universidades estadounidenses han venido siendo extranjeros.  Muchos de estos investigadores se quedan a vivir en el país para investigar y emprender, por lo que una gran parte de su liderazgo tecnológico proviene precisamente de esta política.  Entre un 30% y un 40% de las patentes concedidas en los EEUU durante las últimas décadas han tenido como titulares a inmigrantes, y una cuarta parte de las nuevas empresas (más aún en el caso de tecnológicas) han sido fundadas por ciudadanos no nativos, como Elon Musk.  EEUU ha sabido combinar la atracción de talento con un sistema de investigación muy exitoso, basado en buena medida en la simbiosis entre investigación militar, universitaria e industrial —el llamado modelo de la “triple hélice”— y en una financiación abundante a la investigación.  Este enfoque ha soportado el clarísimo liderazgo mundial de los EEUU en innovación.

Una consecuencia de este ecosistema ha sido el mayor incremento de la productividad de los EEUU frente a otras naciones de alta renta.  Así, su crecimiento medio durante las tres últimas décadas se ha situado cerca del 2% anual, frente a niveles europeos que no llegan al 1%, factor que parcialmente explica el mayor crecimiento relativo de la primera potencia frente a Europa.

La política de Donald Trump amenaza esta historia de éxito.  Por un lado, el mal llamado Big Beautiful Bill, el presupuesto aprobado por el Congreso, establece un recorte considerable de fondos asignados a la investigación y al desarrollo.  Este dinero federal financia la investigación de las universidades, que a su vez lo canalizan hacia proyectos dirigidos por investigadores.  Las corrientes de pensamiento que sustentan a Trump, especialmente la llamada “Ilustración Oscura”, sostienen que la universidad es culpable de la “decadencia de Occidente” (término acuñado por Spengler en 1919…), y de ahí el interés ideológico en recortar su financiación.  La consecuencia es que se espera el despido de varias decenas de miles de científicos, tanto inmigrantes como ciudadanos estadounidenses.  Se trataría posiblemente de la mayor fuga de científicos de la historia.  Eric Horwitz, científico jefe de Microsoft, ha avisado que esta salida de talento puede ser una seria amenaza para el liderazgo de los EEUU en IA.

La revista Nature encuestó a unos 1.600 de estos científicos el pasado año. Un 75% contestó que se marcharía de los EEUU, principalmente a Europa y Canadá.  En respuesta, varios gobiernos, como el británico, el alemán o el francés, junto con la Comisión Europea, han habilitado fondos para atraerlos y financiar sus investigaciones.  De materializarse estas salidas, se abre una gran oportunidad para que Europa reduzca su retraso en investigación con los EEUU.

Los recortes en I+D no son un hecho aislado.  La Administración está aplicando criterios cada vez más restrictivos a la inmigración de talento, por ejemplo, visados H1B, que ahora se “compran” por 100.000 dólares, lo que limita el número de aspirantes, ha generado un clima de hostilidad hacia la libertad de expresión y ha situado al frente de ministerios que gestionan importantes partidas de investigación a políticos hostiles al método científico. EEUU pagará el precio durante las siguientes generaciones.

Carl Bendict Frey, en su reciente libro How Progress Ends, explica cómo la prohibición federal del alcohol en EEUU de 1920 se fue implantando lentamente Estado a Estado.  Relaciona innovación y patentes con la prohibición, encontrando una correlación negativa entre prohibición e innovación.  El motivo es que en los años 20 muchos investigadores se reunían en bares y de dichas reuniones e intercambio de ideas surgía la innovación.

Puede que las políticas actuales de EEUU supongan un fenómeno parecido al de la prohibición del alcohol: la inhibición de la innovación.