Muchos premios Nobel han demostrado que un país es más próspero si su banco central es independiente del poder político.

Cuando George Bush padre fue elegido presidente de EEUU un periodista le preguntó: “¿Qué se siente al ser el hombre más poderoso del mundo?”. Bush contestó: “Pregúnteselo a Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, él es el más poderoso del mundo”.

Esta anécdota pone de manifiesto la importancia capital de la Fed a la hora de fijar el precio del dinero, no solo en la primera economía del mundo, sino en la divisa de reserva, la que se usa predominantemente en el comercio mundial. Esto implica que el tipo de interés del dólar nos afecta a todos, de ahí su relevancia.  Si la Fed sube los tipos a corto pueden repuntar los de largo plazo, con el consiguiente impacto en los tipos a largo europeos o asiáticos, lo que, por ejemplo, puede encarecer las nuevas hipotecas a tipo fijo de muchas partes del mundo.

Estos días se decide en el Senado la elección del nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, nominado por Trump para suceder a Jerome Powell.  Existen dudas sobre si la Cámara Alta estadounidense confirmará a Warsh, y Powell ha dicho que no abandonará su cargo hasta que no haya un sucesor.  Trump ha prometido “despedir” a Powell si no dimite al expirar su mandato como presidente el 15 de mayo.  En realidad, es muy dudoso que Trump tenga esa potestad, ya que la ley permite a los gobernadores de la Fed permanecer en su puesto si no existe un sucesor. De hecho, el mandato del gobernador Miran, nombrado “provisionalmente” por Trump, expiró el 31 de enero y aún continúa en el cargo…  En cualquier caso, se avecina una enorme batalla política entre dos de los hombres más poderosos del mundo, y esa batalla presenta profundas consecuencias para la credibilidad de la Fed, algo que nos afecta a todos por los motivos anteriormente expuestos.

Muchos premios Nobel han demostrado que un país es más próspero si su banco central es independiente del poder político.  El motivo es que, si estas instituciones están subordinadas al Gobierno, pueden crear dinero para financiar el déficit público, lo que genera más inflación y nos empobrece a todos a medio plazo.  Argentina ha sido un triste ejemplo.  De ahí que, desde hace unas cuatro décadas, la mayoría de los países hayan optado por la independencia de sus bancos centrales.  La evolución futura de la independencia Fed es, por lo tanto, extremadamente relevante.  Analicemos los puntos principales:

Primero, la Fed lleva ya sesenta meses sin alcanzar su objetivo de inflación del 2%.  Los datos más recientes apuntan a que esta se sitúa en la zona del 3%, en parte “gracias” a los aranceles de Trump.  En los tres últimos meses, la inflación subyacente anualizada (sin energía ni alimentos) ha alcanzado el 4,4%, eso antes del impacto de la guerra de Irán.  El aumento de precios es una de las principales preocupaciones de los estadounidenses, y aunque su raíz es múltiple (afectan los problemas de oferta, así como el desbocado déficit fiscal), cuestionan el papel de la Fed por haber incumplido su mandato.

Segundo, la Administración Trump ha llevado a cabo un ataque sin precedentes a la independencia de la Fed. La Fed de Washington tiene siete gobernadores que forman parte, junto con otros cinco del sector privado, del comité que fija los tipos de interés, el FOMC.   El control del FOMC supondría eliminar la independencia que debe tener un banco central para conseguir sus objetivos.  Por un lado, Trump ha atacado sistemáticamente a Powell por no bajar tipos, y le ha acusado de incompetencia porque las obras en la sede central de la Fed de Washington han tenido sobrecostes frente a lo presupuestado, algo irónico cuando “la sala de bailes” encargada por Trump para la Casa Blanca también ha incumplido con creces su presupuesto.  Por otro, intenta “despedir” a la gobernadora Lisa Cook bajo espurios cargos para así intentar controlar otro voto.  Además, ha nombrado nada menos que a su controvertido economista de cabecera, el referido Stephen Miran, como gobernador, ignorando la separación que debe existir entre poder ejecutivo y política monetaria.  Como Trump nombró a dos gobernadores en su primer mandato (Waller y Bowman), cree que con estas acciones conseguirá el control de la mayoría en la Fed de Washington. Y es precisamente esta instancia la que confirma periódicamente a los gobernadores regionales nombrados por el sector privado, lo que puede alterar la mayoría en el FOMC.

Tercero, el candidato Kevin Warsh, aunque posee sólidas credenciales como banquero central, está casado con la hija de Ronald Lauder, heredero de Estée Lauder, e íntimo amigo de Trump desde la infancia.  Warsh ha defendido la bajada de tipos de interés (deseo de Trump) bajo la tesis de que la IA será deflacionaria. Sin embargo, hasta ahora no existe evidencia de dicha deflación, más bien lo contrario.

¿Podrá Trump hacerse con el control de la Fed? Yo creo que no. Incluso si logra el nombramiento de Warsh, este tendrá que votar junto con once miembros más las decisiones sobre los tipos de interés.  La mayoría sigue siendo claramente independiente y los dos nombramientos que hizo Trump en su primer mandato también presentan sólidas credenciales en este sentido.  Además, si Warsh es confirmado puede que opte por mantener su autonomía, aunque eso le genere un problema de enfrentamiento con el presidente.  Con todo, los ataques sin precedentes de Trump a la Fed minan una credibilidad ya maltrecha.  En palabras de la anterior secretaria del Tesoro Janet Yellen, “equivalen a los de una república bananera”.

Del resultado de esta colosal batalla depende la independencia del banco central más importante del mundo, el futuro del dólar como divisa de reserva, y sobre todo, la del bono de los EEUU como activo “libre de riesgo”, pieza clave de la estabilidad financiera mundial.

Sus consecuencias serán formidables.