La innovación arroja resultados en el medio plazo y por eso no entusiasma a los políticos

 

Hace unos años, un candidato afirmó: “Si gobernamos, nuestras políticas permitirán que crezcamos al 4%”. Sonreí al escuchar esa afirmación. El crecimiento, una vez una economía está en fase desarrollada, se reduce a dos factores: el aumento de las horas trabajadas, algo que a su vez de- pende del crecimiento de la población activa y el aumento de la productividad por hora trabajada.

Como en lo primero vamos muy mal por la terrible natalidad, debemos enfocarnos en lo segundo.Y ahí también hay inquietantes noticias: la productividad crece poco desde los 70, menos del 1% anual, gobierne quien gobierne. De estos factores se deduce la estulticia de la afirmación del político (la suma de ambos no da 4%). Ahora bien ¿se puede hacer algo “mágico” para cambiar esta situación? 

Cuando analizamos el presente y el futuro de nuestras sociedades desechamos las supersticiones y las fórmulas mágicas. Sin embargo, cuando se trata de generar crecimiento y felicidad, la piedra filosofal, que según la tradición sería capaz de convertir metales en oro, sí existe. Se trata de la innovación, y su producto es más valioso que el oro. Veamos por qué. 

Primero, como hemos expuesto, se puede jugar muy poco con las horas trabajadas: a corto plazo con inmigración cualificada controlada; a largo plazo, con políticas para revertir nuestra lamentable natalidad. Eso nos lleva a centrar nuestra atención en el segundo factor: la productividad por hora trabajada. 

Segundo, la productividad sube fácilmente cuando formas a una fuerza laboral que parte de un nivel bajo o introduces sistemas de producción avanzados mediante más capital. Esto explica por qué las economías emergentes crecen más en productividad que las desarrolladas. Cuando la economía está muy avanzada, los incrementos de productividad no asociados a mejoras relativas al capital o al trabajo son los que en economía se denominan productividad total de los factores (PTF). Se trata de los únicos que pueden ser recurrentes ya que el resto son finitos (llega un punto en que meter más tractores en un campo puede resultar contraproducente para la producción). 

Tercero, el principal factor que explica el crecimiento de la PTF es la innovación (hacer nuevas cosas) o la eficiencia de procesos existentes (hacer mejor las cosas). En España tendemos más a lo segundo, en Estados Unidos, a lo primero. Lo primero genera más productividad que lo segundo, y es más recurrente. 

Cuarto, una mayor productividad lleva aparejada un mayor sueldo. Por ejemplo, un alemán cuesta 37 euros por hora trabajada, un español, 23. Un alemán produce 58 euros por hora, un español, 46. 

Quinto, un mayor sueldo generado por mayor productividad puede permitir al trabajador decidir trabajar menos horas. Un alemán trabaja unas 1.400 horas al año, un español, unas 1.700. 

Sexto, una jornada laboral más reducida y bien retribuida explica mayores niveles de felicidad, ya que podemos dedicar más tiempo a estar con nuestras familias o amigos, lo que genera más sensación de libertad. Si miramos los datos del World Happiness Report (ONU, 2021) los alemanes se asignan un 7,3 en felicidad (en una escala de 1 a 10); los españoles, un 6,5. 

Por lo tanto, de estos seis puntos se deduce que las estrategias derivadas en generar innovación consiguen efectos muy virtuosos, que, decía, pueden ser mejores que el oro.Y bien, ¿qué factores comunes se dan en los países que innovan? 

Los más importantes son: (1) colaboración entre investigación militar e investigación civil (por eso el GPS, la pantalla táctil, las nanocámaras o internet tienen origen militar); por ejemplo, resulta interesante ver si podemos aprovechar las ingentes inversiones en sistemas asociadas al Eurofighter que se desarrollarán en España para lograr innovaciones aplicables a lo civil; (2) estimulación de “triples hélices” para generar investigación conjunta entre universidades, empresas y el sector público no universitario; (3) desarrollo de la industria del capital riesgo como principal impulsora de la financiación de startups innovadoras: España invierte la mitad que la zona euro en porcentaje de PIB y una décima parte que Estados Unidos, en parte por normativas absurdas en materia de pensiones; (4) fomento de oficinas de transferencias de patentes en las universidades, para generar así incentivos a que los investigadores desarrollen innovaciones y se lucren; (5) creación de agencias nacionales de investigación, no sometidas al poder político de turno, sino con mandatos de largo plazo y dotación presupuestaria para poder coordinar las iniciativas expuestas en este párrafo; (6) desarrollo holístico de la cultura emprendedora desde la educación temprana, algo que comprende la aceptación del fracaso como elemento esencial para emprender, y (7) fomento de la concentración empresarial de pequeñas empresas hacia medianas empresas, para así dotarlas de la dimensión para poder invertir en I+D. 

Desde hace muchos siglos los alquimistas buscaron en la piedra filosofal un método para transformar materia en oro. Muchas veces pensamos que las personas que dedica- ron una parte de sus vidas a tales menesteres debían ser lunáticos medievales o gente de poca formación. Todo lo contrario, en general se trataba de gente muy preparada. Qué mejor ejemplo que sir Isaac Newton, al que todos conocemos como descubridor del cálculo y formulador de la teoría de la gravedad. Fue también un importante alquimista. 

Pues bien, en el siglo XXI conocemos los criterios para transformar la materia en oro. En este caso transformar innovación en productividad. Esta genera mayores sueldos, menos horas trabajadas y más felicidad. Sí, existe la piedra filosofal, pero requiere políticas que ofrecerán resultados a medio plazo, por eso son políticas que no entusiasman a los políticos. Con todo, ofrecerían un futuro mejor para la siguiente generación. ¿Queremos reclamarlas?