Es cierto que “realizar predicciones es muy difícil, especialmente si son sobre el futuro”, pero, a fecha de hoy, podemos afirmar que las economías se están recuperando con mucha más intensidad de lo pronosticado

Michael Sea afirmó: “Aunque sería absurdo negar la oscuridad que nos rodea, es fútil el exagerarla”. Cuando el mundo se encerró hace un año para tratar de luchar contra el covid las proyecciones económicas evolucionaron hacia el fútil catastrofismo. Es cierto que “realizar predicciones es muy difícil, especialmente si son sobre el futuro”, pero, a fecha de hoy, podemos afirmar que las economías se están recuperando con mucha más intensidad de lo pronosticado. Por ejemplo, en sus recientes previsiones el Fondo Monetario Internacional afirma que el PIB mundial cayó el año pasado un 3% (mucho menos de lo que se esperaba hace un año) y que subirá en 2021 un 6%. En otras palabras, en 2021 se habrá recuperado con creces la actividad económica perdida. Por lo tanto, la recuperación está teniendo lugar en forma de V, no de U ni de L ni de K ni de W ni de raíz cuadrada ni de logo de Nike.

¿Qué está ocurriendo? Ante todo, es muy relevante entender que la naturaleza de esta crisis es muy diferente a la de la Gran Recesión. Así, aunque los bancos centrales realizaron en la anterior recesión cierto esfuerzo en forma de expansión de balance, su intensidad fue muy pequeña comparada la actual. Aproximadamente los bancos centrales han aumentado sus balances entre dos y tres veces de lo acometido en la crisis financiera de 2008. Actualmente, la Fed, el BCE y el Banco de Japón inyectan conjuntamente unos 300.000 millones de dólares al mes.

La gran diferencia, con todo, no es tanto el esfuerzo del banco central, sino la circulación del dinero. Lo importante para una economía, y hablo de individuos y empresas, es que el flujo financiero llegue hasta nosotros. Si un banco central aumenta su balance, pero la salud del sistema bancario es mala porque presenta problemas de solvencia o de liquidez, el dinero no circula y la actividad sufre. Es lo que ocurrió en la anterior crisis. Hoy en día, con un sistema financiero líquido y solvente el dinero creado por el banco central llega con intensidad a empresas y particulares. De hecho, la masa monetaria crece al 27% en Estados Unidos (el mayor ritmo desde 1943) y al 12% en la zona euro (el mayor incremento desde 2006). Por si fuera poco, la respuesta de la política fiscal es totalmente diferente. Si en 2009 se inició algo de esfuerzo fiscal, este fue minúsculo comparado con el actual, que triplica en dimensión el de la recesión anterior. Con el reciente programa de infraestructuras planteado por Joe Biden llevamos anunciados estímulos a escala global por importe de unos 16 billones (españoles) de dólares. No está mal para un PIB mundial cercano a 80. El resultado de estos factores es que China y Estados Unidos habrán recuperado el PIB perdido en cerca de un año y Europa, en cerca de dos. Por contrastar, Europa necesitó siete años en recuperar el PIB perdido en la anterior recesión.

Cuando se analiza una crisis es relevante entender si su causa es endógena (como un elevado endeudamiento privado asociado a una burbuja inmobiliaria) o exógena (como una pandemia). En esta ocasión las economías occidentales presentaban reducidos niveles de deuda privada (cuyo aumento excesivo es lo que suele originar las crisis). Como el ritmo al que se inoculan las vacunas es mucho más rápido que la velocidad a la que se propaga el covid, se puede concluir que la causa exógena quedará vencida en un entorno relativamente rápido. Israel parece estar alcanzado la inmunidad de grupo (menos de 100 casos diarios), lo mismo pasará con el Reino Unido en abril, en Estados Unidos en mayo-junio y en Europa en junio-julio.

 

 

 

 

 

Es cierto que en esta ocasión los endeudamientos públicos resultantes son muy elevados (124% de PIB en los países avanzados, dos puntos más que al concluir la Segunda Guerra Mundial), pero, como exponía antes, las crisis en los países OCDE se suelen gestar cuando se acumula excesiva deuda privada, no pública. Además, el contexto de tipos de interés actual y el apoyo de los bancos centrales permiten conllevar mayores apalancamientos públicos, hasta el punto de que hoy en día gastamos menos dinero en pagar intereses de la deuda pública (en porcentaje de PIB) que cuando el volumen de deuda era un tercio inferior. Al igual que tras la Primera y la Segunda Guerra mundiales, los bancos centrales serán algo más tolerantes con la inflación. En opinión de Arcano Economic Research, aceptarán bandas de entre el 2% y el 3%, con tipos de interés inferiores, resultando por lo tanto en “tipos de interés reales (netos de inflación) negativos”; exactamente igual que en las posguerras mundiales. De esta forma se generarán crecimientos nominales superiores al 4% durante al menos una década. Esto hará aumentar el tamaño del PIB y reducirá a medio plazo la deuda pública medida como cociente sobre el tamaño de la economía (que es nominal).

El mayor pero a esta situación es que, al igual que Dickens hablaba de un mundo de dos ciudades en los tiempos de la Revolución francesa, algo parecido ocurre con la economía mundial. Los países ricos se han podido permitir ingentes respuestas de política monetaria y fiscal, así como un número elevado de vacunas y, por lo tanto, dejarán atrás la crisis pronto. Sin embargo, salvo alguna excepción, los emergentes sufrirán mucho más, lo que aumentará la desigualdad global y, por primera vez en 40 años, el número de personas que viven en pobreza extrema. Esta situación requerirá de la solidaridad global.

En cualquier caso, debemos de congratularnos de que la evolución económica sea mejor de lo esperado. No son hechos fortuitos, sino fruto de acciones determinadas. Como dijo Theodore Roosevelt a los estudiantes de la Sorbona, “si alguien falla, al menos falla mediante el atrevimiento, asegurándose así que nunca se sitúe entre aquellas frías y tímidas almas que no conocen ni la victoria ni la derrota”.