Se necesita una fertilidad de 2,1 niños por mujer para poder reemplazar la población presente. Actualmente, nos situamos en el entorno de 1,6

Dentro unas décadas experimentaremos un fenómeno que posiblemente no ocurría desde la peste negra: el mundo perderá población sin que obedezca a conflictos bélicos.  Será una decisión consciente.  Es cierto que a largo plazo todos morimos, pero el pueblo al que pertenecemos, la nación, o la civilización, perdura entre generaciones hasta que son derribados por otros pueblos, naciones o civilizaciones más pujantes.  El famoso historiador Ibn Jaldún definió dicha “pujanza” como “cohesión”.  Pueblos más atrasados como los bárbaros podrían hacer caer a un avanzado imperio como el romano si mantenían un nivel de cohesión interna mucho mayor.  La otra gran derivada es que los pueblos bárbaros eran mucho más fecundos que los decadentes y ricos romanos del siglo V.  

Los seres humanos estamos programados para, al igual que morimos, reproducirnos, y a lo largo de muchos siglos hemos conseguido aumentar el tamaño de nuestras poblaciones.  Durante las últimas décadas, posiblemente por primera vez en la historia, el mundo desarrollado camina rápidamente hacia la contracción.  Como sabemos, se necesita una fertilidad de 2,1 niños por mujer para poder reemplazar a la población presente.  Actualmente nos situamos en el entorno de 1,6, con países “destacados” como China o España (1,3), o Corea del Sur (inferior a 1).  EEUU, que despuntaba con una natalidad ligeramente superior a 2 en 1990 se sitúa ya en niveles de 1,7.  La tendencia es pareja en el mundo de países emergentes, que han visto cómo su natalidad se desplomaba a medida que mejoraba el PIB per capita.  Muchos países, como por ejemplo Brasil han observado caídas de natalidad desde niveles superiores a 5 hasta niveles inferiores a 2 en pocas décadas, y China presenta una natalidad de 1,3 a pesar de haber eliminado la política de “un bebé” hace ya años.  

Sin enjuiciar las causas de esta inconsciente decisión colectiva, que a su vez es consciente a nivel individual, me gustaría analizar las consecuencias económicas que podrían derivarse.

Primera, una caída de la población supondrá una presión a la baja en el PIB.  La reflexión es importante porque el PIB sirve, entre otras cosas, para pagar pensiones, sanidad y educación.  No pensemos que hay que esperar a que caiga el conjunto de la población para que caiga el PIB, basta con que la población activa (la dispuesta a trabajar) se reduzca.  Estamos ya ahí.  Desde hace casi una década la población activa de los principales países de la OCDE (exceptuando EEUU debido sobre todo a un flujo migratorio que toca a su fin), y la de China experimentan bajadas.  El PIB crece por horas trabajadas y por productividad por hora trabajada.  Como esta última decepciona en sus crecimientos desde mediados de los 70 (subidas inferiores al 2%), hemos tirado de los “baby boomers” para explicar el crecimiento de los últimos 50 años.  Pero los “baby boomers” han comenzado a retirarse.  Eso conllevará crecimientos futuros más que mediocres.

Segunda, será muy difícil de mantener el gasto social.  Un estado social ha de ser interpretado horizontal y verticalmente.  La horizontalidad supone establecer mecanismos de solidaridad en una nación o incluso en una zona monetaria.  La verticalidad, el que dicha solidaridad sea sostenible hacia futuras generaciones.  Pues bien, a fecha de hoy es matemáticamente imposible mantener ambas.  Primamos la primera sobre la segunda, aplicamos solidaridad horizontal a costa de la vertical (los niños y los nascituri no votan), y será interpretado a futuro como la más egoísta decisión de nuestras generaciones.

Tercera, un contexto de poblaciones envejecidas con una escasa representación de población joven suele traducirse en tipos de interés reales (netos de inflación) bajos durante mucho tiempo.  Eso genera burbujas de activos, como por ejemplo en el sector de la vivienda, lo que paradójicamente impedirá a los pocos jóvenes que queden acceder a la compra de una vivienda.  Esto a su vez posiblemente redunde en aún menor fertilidad.

Cuarta, la escasez de mano de obra a medida que se retiran los “baby boomers” y no son suficientemente reemplazados por jóvenes implicará una presión inflacionista estructural.  Las causas de la desinflación que se inició a principios de los 80 son muy variadas, pero uno de los factores aducidos fue precisamente el fuerte incremento de oferta laboral a medida que los “baby boomers” accedían a la población activa.  Ahora observaremos el fenómeno contrario.  Además, sociedades envejecidas suelen ser también desembocar en menor creatividad y dinamismo, algo que podría afectar más negativamente a la productividad.

Quinta: las tensiones inmigratorias aumentarán.  La tensión será especialmente fuerte en las fronteras en las que se observe un fuerte diferencial de niveles de PIB per capita.  Como observación, una de las fronteras que destacan en este aspecto es precisamente la de España con Marruecos.  Hay países que han decidido “desaparecer pacíficamente” sin admitir inmigración.  Japón es un buen ejemplo.  Cada año pierde unos 200.000 japoneses y como no se prima el crecimiento sino su entendimiento de armonía, la política inmigratoria es restrictiva.  Será debatible, pero es una posición coherente.  En Occidente queremos mantener el estado social, que se financia con un PIB en expansión, pero cada vez más gente se opone a la inmigración.  Ambas posturas no son sostenibles.

Keynes afirmó una vez “a largo plazo, todos estamos muertos”.  Todos morimos, y filosofar es prepararse para la muerte, como decía Montaigne.  Pero también legamos un futuro a la siguiente generación, y esta trata de preservarlo a su vez a la siguiente dejando un legado mejor.  El problema es que, por primera vez en siglos, salvo que la productividad nos dé una sorpresa, dejaremos un mundo en desaparición, y eso, en términos económicos, no es bueno.  Ni justo.